Tesoros enterrados: Violette Leduc

Llegar a Violette ha sido un viaje de ida. La pulsión de su pluma es tan seca, tan primitiva y áspera, que logra un efecto instantáneo en el lector. Nos descoloca, nos deslumbra e intimida a partes iguales. Ligera, se va despojando lentamente, pero con rudeza, de sus cargas. 

Es violenta, es un rayo. 

Y es una escritora olvidada.

Violette Leduc (Arras, 7 de abril de 1907–Faucon, 28 de mayo de 1972) es una escritora inusitada, pero, a la vez, con una forma de relatar y escribir profundamente francesa. Al leerla, es inevitable volver a Marguerite Duras, a Camus o a Baudelaire. Las notas descarnadas que salpican su literatura son heridas mortales, grietas de difícil recuperación.

Algo curioso sucedió en mi mente al leerla. Sentía que “estaba en su cabeza”. Que ella desparramaba sus recuerdos (la obra que pretendo analizar es su autobiografía) en el folio con ansia, como si le fuera la vida en ello. 

Creo que es la forma más sincera de escribir.

Violette no quiere convencer, no necesita hacerlo. No quiere compasión ni disculpas. Quiere contarlo, contarse, quiere despojarse de su historia y de sí misma. Liberarse.

Voy a hablar de La bastarda (Capitán Swing, 2020), su obra cumbre. En el año de su publicación (1964) fue un éxito asombroso, llegando incluso a convertirse en finalista del premio Goncourt. A mí me ha fascinado. 

A lo largo de sus 500 páginas, Leduc nos descubre su mundo a través de las relaciones personales y las circunstancias vitales que atravesaron su existencia -vivió durante las dos grandes guerras- y cómo va sorteando todos los cambios.

Es muy significativa su relación con su madre; investigando su obra, he descubierto que L’Asphyxie (Gallimard, 1946) -su primera novela- empieza con la frase “Mi madre no me ha dado nunca la mano”. En La bastarda, nos relata también esta difícil relación y cómo su progenitora influye en su vida de forma decisiva:

“Mientras tomábamos el desayuno, mi madre me ilustraba sobre la fealdad de la vida. Todas las mañanas me ofrecía un terrible regalo: el de la desconfianza y la sospecha. Todos los hombres eran unos canallas, ningún hombre tenía corazón. Me miraba con tanta intensidad durante su exposición que me preguntaba a mí misma si yo era o no un hombre. No había ninguno que compensara a los demás. Abusar de una: he ahí su finalidad”.

Es posible que su madre la culpara siempre de su desgracia. Violette era, como indica el título y ella reivindica en él, una bastarda. Una hija cuyo padre no reconoció. Una paria de entonces. Quizá era el recuerdo vivo del agravio de su madre. Pero eso solo puedo imaginarlo.

Ambas se culparon siempre. Reproches cruzados se dan a lo largo de las memorias con una sencillez pasmosa. Su madre se casa con el que será su padrastro y, lejos de vislumbrar alegría, Violette lo recibe casi como una afrenta a su soledad de hermanas.

Hablando de él y de su condición de bastarda, nos cuenta que:

“Me miró, me escrutó con sus ojos fríos a través de los cristales de las lentes. «No hay que mentir», agregó. Me congelé por más de treinta años. Desde ese momento, le tendría miedo, ya no volvería a ser yo misma. ¿Por qué lo habría engañado con la hora? ¿Querría acaso poner a prueba en el primer contacto, al mirarme fijamente, al seductor de mi madre a quien me parecía? Un bastardo debe mentir, un bastardo es el fruto de la huida y la mentira (…). Confusamente, comprendí que él hubiera querido borrarme. Yo era el peso de un gran amor, yo era una mosca sobre una sábana blanca”.

Da la sensación de que siempre se sintió un “pegote” al lado de las personas que estaban en su vida. Al comienzo de la narración, nos hablará de su abuela Fidéline, tal vez la mujer que más quiso a lo largo de su vida. El cariño con el que habla de ella no lo veremos con nadie más entre las páginas; ella es quien la mima, la adormece y es el escudo entre el malvado mundo y Violette. Sobre la muerte del “ángel Fidéline” nos dirá lo siguiente:

“Cinco años más tarde comprendí que ella había muerto, que la amaba y que no volvería a verla. El ciprés al lado de su tumba me desesperaba. Cada vez que yo llegaba, su color me parecía una antorcha de cólera”.

Violette escribe, como he dicho, para liberarse. Y para liberar el peso es necesario que haya un interlocutor que comparta la carga. Creo que es por eso por lo que, en reiteradas ocasiones, la escritora apelará al lector, involucrándole en su historia. Leer a Leduc es escucharla, pararte a pensar, detenerte en cada exhortación y compartir su ánimo. No es una lectura compasiva ni redentora; es más bien compartir una condena y expiar un árido pecado. Ella escribe, yo leo. Y la simbiosis que pretende está conseguida; el provecho es mutuo.

“El mes de agosto, hoy, lector, es una roseta de calor. Te la ofrezco, te la doy”.

También juega con nosotros, a sabiendas de que queremos saber lo que sucederá a continuación de la reaparición de un personaje;

“Paciencia, lector, retardo su aparición, hojeo la guía Michelín, busco la página Notre-Dame de París…”

La literatura jugará un papel decisivo en su aprendizaje. Escritores contemporáneos y pasados se irán sucediendo a lo largo del texto, como un crisol de culturas y ambientes que formarán a nuestra ya querida Violette. Nombres como Tolstói, Dostoyevski, Rimbaud, Verlaine, Proust, Rosamond Lehman… Y Maurice Sachs. 

A Sachs lo destaco porque tendrá un papel principal en la historia; se harán amigos y confidentes y ella llegará a sentir una pasión y tal vez un amor romántico por su amigo homosexual.

Así como se suceden los grandes escritores, se irán sucediendo sus grandes amores, las personas a las que quiso, pero maltrató. Digo esto porque pareciera que Leduc trata de boicotear su felicidad una vez tras otra. Isabelle, Hermine, Gabriel, Maurice (“Tenía que destruirlos para destruirme”). Se trata su bisexualidad con total naturalidad, los encuentros sexuales también. En alguna ocasión, nos habla de la dualidad que siente entre ambos sexos y amores:

“Yo era su hombre y él era mi mujer en ese cuerpo a cuerpo con la amistad -habla de Gabriel- (…). Hermine me feminizaba y eso lo ponía fuera de sí (…). Después, su mirada me expresaba: Te estás convirtiendo en una puta, ella está haciendo de ti una puta. Y su sonrisa dolorosa decía: Mi muchacho, el muchachito mío está muerto y enterrado”.

Otra de las obsesiones que veremos sucederse a lo largo del texto es su físico; su fealdad que forma parte de lo que es, su inmensa nariz como calvario (“Me la apretaba con las dos manos, la recuperaba de las tinieblas. Envejeceremos juntas, me decía, iremos, anónimas y adormecidas, sin despertar a la crueldad y a la estupidez”).

La crueldad y la estupidez a las que hace referencia estarán representadas por personas que, de forma gratuita y maligna, harán observaciones sobre ella. Aquí me gustaría detenerme para reflexionar acerca de por qué narices (nunca mejor dicho) la gente se siente con el derecho de opinar sobre el físico de las mujeres cuando ellas no lo piden; se trata de un continuum a lo largo de la historia que, espero, desaparezca algún día. Aunque más parece que nos dirigimos a lo opuesto. Aquí os dejo algunos ejemplos:

“—Es la boca, los ojos y los pómulos lo que habría que rectificar— dijo a sus amigos mirándome”.

“No eres guapa, eso me gusta -dijo-. Dame un beso muy largo”.

“—Dime lo que dijo esa mujer.

—Esa mujer gritó: «Yo, si tuviera esa cara, me suicidaría»”.

“¿Por qué me casé? (…). Tengo que contestar inmediatamente. Miedo de convertirme en una solterona, miedo de que digan: «No lo consiguió, era demasiado fea»”.

“Soportemos, ya que hay que soportar. Mis cabellos son pobres, se caen, mis manos son impersonales. Esto me vuelve, esto empieza nuevamente. El espejo de tres cuerpos de Schiaparelli es un vampiro. Soy fea. Para recibirme, un canal se ensancharía. Sufro en mi interior por mi boca grande, mi nariz grande y mis ojos pequeños. Gustar, gustarse. Doble esclavitud”.

Pero no todo llevará a la autodestrucción y la desgracia. Hay tiempo para encontrar un lugar en el mundo donde desaparezca el rechazo; la literatura. El deseo de contar y escribir. Como ya he reiterado, la libertad. Quiero terminar con esto porque creo que es lo que, a muchos escritores atormentados termina por salvar. Y creo que Violette se salvó porque, aunque ella no creyera en sí misma, muchos de sus amigos -Albert Camus, su primer editor; Simone de Beauvoir, su prologuista y amiga; Maurice Sachs, quien la animó a escribir- sí lo hicieron. Violette, como dije al principio, es un viaje de ida sin posibilidad de vuelta. Es una red de la que, en caso de caer, no podrás escapar. Logró su objetivo con sinceridad, literatura y rabia.

Os dejo los pasajes que más me han gustado en relación con esta idea:

“Sentí que me derretía de felicidad y de tristeza. Lo deseaba sin atreverme a confesarlo. Sí, era mi deseo que nunca había visto el día. Leía mi nombre en los escaparates de las librerías, era una felicidad y una enfermedad secretas, era lo imposible. Escribir…”

“Escribir era luchar, era ganarme la vida como los creyentes se ganan el paraíso”.

“La literatura lleva al amor, el amor lleva a la literatura”.

Y, para finalizar, algo que me ha gustado especialmente. Su amiga Simone de Beauvoir, como podéis ver en la portada, prologó esta autobiografía. Pero es que, además, sin conocerla, fue quien le animó a escribir. Por eso la importancia que, al menos yo, le doy a este tipo de blogs y a todos los contenidos donde se reivindica la importancia de la mujer en el arte. Porque, de este modo, todas las niñas y mujeres del mundo, cuando sientan la llamada de una vocación o un sueño, puedan reflejarse en todas esas mujeres pioneras, todas las que nos abrieron camino para que la soledad de la mujer como escritora, música, pintora o astronauta, desaparezca. No caminamos solas. Y aquí Violette Leduc, lo destaca; 

“—¡Qué libro tan grueso! —le dije.

No podía quitar los ojos del libro nuevo con tapa blanca de la editorial Gallimard. El volumen estaba puesto en el centro del escritorio, sobre una carpeta.

—Este libro tan grueso ha sido escrito por una mujer —me contestó el mejor amigo de Maurice—. Es La invitada, de Simone de Beauvoir.

Leí el nombre de Simone de Beauvoir y luego el título: La invitada. Una mujer había escrito ese libro. Lo puse en su sitio. Estaba en paz conmigo misma”.

También os invito a leer el imperdible prólogo de Beauvoir.

¡Nos vemos en el próximo post!

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